Errores de la meditación en la vida cotidiana. Contemplación vs sensibilidad (empatía)

En nuestros días, raro es la persona que no ha oído hablar de la meditación.

Es un término que encontramos en el cine, series, libros de autoayuda, libros especializados, encontramos también cursos de todo tipo de meditaciones, contemplativas, guiadas, budistas, taoistas…

Como en casi todo hoy en día, hay tal variedad de oferta, que a veces uno no tiene muy claro de qué esta hablando cuando usa o escucha este término. Y la terminología y entenderla es importante para evitar caer en errores.

No es nuestro objetivo en este artículo definir qué es la meditación, sino describir algunas tendencias a error de los que la practicamos.

Sin embargo, si que de partida daremos alguna definición sencilla de qué es meditar.

Hay definiciones tan dispares como que meditar es sentarse a no hacer nada. Otras dicen que meditar es aprender a ser, o que es un modo de cambiar el modo de relacionarnos con nosotros mismos, los demás y el entorno. Una de las que más me gusta, es que meditar es aprender a ver lo que hay, sin añadir ni quitar nada.

Todas son correctas, todas son incompletas, porque describir una experiencia es algo siempre incompleto. Ante esa dificultad, cualquier descripción y uso de palabras va a generar por lo general una tendencia a algún tipo de error.

Ante ello, vamos a analizar en este artículo, dos palabras, que conllevan desde nuestro humilde punto de vista, a veces malas interpretaciones y errores sobre todo en este caso, en nuestra vida cotidiana. (El error está en nuestra interpretación, no en la pauta en sí).

Dichas palabras o términos, son la contemplación, y la sensibilidad o empatía.

 

La contemplación

A menudo se habla de la meditación como contemplación.

La primera acepción de la RAE, nos dice que es poner la atención en algo material o espiritual.

Sin embargo, me atrevo a decir, que la mayoría de nosotros, al usar o escuchar el término contemplar, entendemos que se nos invita a poner la atención, u observar, pero sin intervenir (sin tocar). En un museo se nos invita a contemplar las obras, pero a no tocarlas o implicarnos con ellas, más que desde el punto de vista visual (excepto claro está ciertas obras que si impliquen otros sentidos).

Así mismo, gran parte de los ejercicios de meditación (contemplativa, no las meditaciones analíticas) te invitan a poner tu atención sobre un objeto concreto o abstracto, externo o interno, y de algún modo a menudo se entiende que no hay que intervenir o implicarse con él, sólo observarlo.

Este no implicarse con el objeto, se ve además fomentado, por las propias pautas de la meditación que a menudo nos dicen, “cuando te distraigas del objeto vuelve a él abandonando la distracción”, invitándote así, a que dicho objeto, sea un soporte de la atención, y no un recreo para la misma.

Esto podría parecer que nos invita a relacionarnos con el objeto y con nuestros pensamientos y distracciones sin implicación, cayendo en algo así como la de un observador inactivo. (Cuando en realidad lo que busca es comprender de qué modo implicarnos o relacionarnos con unos y con otros).

Parecería que de algún modo, al incitarnos nuestros maestros o sistemas a desarrollar una actitud contemplativa en nuestro día o cotidianidad, se nos estaría proponiendo ser contempladores no implicados en la misma.

Esto nos lleva en realidad a lo que algunos autores han descrito como el “bypass espiritual” y que en realidad, esconde cierto rechazo a la realidad, maquillando ese rechazo tras una actitud “contemplativa” donde se intenta no distraerse, o en realidad vernos afectados o tocados por la realidad que nos rodea. Habitualmente además, intentamos no vernos afectados sólo por la parte que creemos nos limita basada en obligaciones y responsabilidades.

Para evitar esto, a menudo los diferentes sistemas y maestros dan pautas como que en la meditación formal sentada, al distraerte, “toques” la distracción antes de dejarla ir, o incluso te dicen que “la toques con el corazón”.

Son palabras bellas, pero a menudo o por lo menos a mi, me dejaban bastante perplejo al principio. Me hacían al menos entender, que no es desarrollar una actitud pasiva o incluso de rechazo ante dichas distracciones, y por extensión a la realidad cuando quieres estar contemplativo en ella, sino como una de las definiciones señalaba más arriba, un cambio en el modo de relación.

 

Tocar con el corazón. La sensibilidad y empatía

El mejor modo para explicar lo que para mí hoy significa tocar con el corazón, es a través de una experiencia reciente.

Recientemente, iba conduciendo con mi moto, y un peatón salió de entre los coches aparcados en medio de la calle, sin previo aviso ni paso de peatón, obligándome a parar en seco. Dicha situación habitualmente, dispara en mi, un patrón de pensamiento que genera mi enfado. Enfado que proviene de la no aceptación de la realidad, de tener una idea de como tendría que ser esta, y al no cuadrar con la misma, generar un conflicto psicológico que se manifiesta en enfado. No me voy a poner ahora a analizar este proceso, o si es correcto, beneficioso o natural, o no lo es.

La cuestión es que cuando dicho proceso se iniciaba, miré a la cara del peatón, y vi el rostro de una anciana, que reflejaba una profunda amargura. Ante esa visión, automáticamente se generó en mí una profunda ternura, ternura ante la cual, mi patrón de enfado se disolvió.

Toqué la realidad, a esa mujer anciana con el corazón.

Me atrevo además, a hablar de que ese tocar con el corazón, es la empatía hacia el otro, o si queremos ser sensible hacia los otros.

 

¿Dónde está la tendencia a error?

En esa definición que decía que me gusta más, que dice que meditar es aprender a ver las cosas como son sin añadir ni quitar nada, está implícita el ser capaz de relacionarnos con la realidad sin muros o parapetos emocionales o mentales que no nos permitan “tocarla con el corazón”

Hay un error en “la contemplación” que nos lleva a veces a no querer implicarnos o distraernos y en realidad, nos lleva a no tocar la realidad. A día de hoy, entiendo que tocar esa realidad, es tocarla con ternura, y al tocarla con ternura, dejar que te empape, que te cale hasta los huesos, sin miedo ante tus experiencias previas, expectativas, o deseos.

Creo que esa ternura que te lleva a acercarte sin miedo a la experiencia, es la condición para un día poder ser unidad con la experiencia.

Sin embargo, en este ser sensibles y empáticos, creo que hay aún más malinterpretación que con el término contemplar.

 

¿El error de la sensibilidad?

Es habitual escuchar a personas que usan expresiones como “es que soy tan sensible que todo me afecta mucho”.

A menudo pensamos que tocar con el corazón, ser empáticos o ser sensibles, implica lo que la frase anteriormente escrita señala.

A veces, cuando vemos sobre todo a alguien a quien amamos sufrir, sufrimos con esa persona. Si estamos muy atentos a nuestros procesos mentales, nos daremos cuenta de que en dicha proceso de sufrir con esa persona, hay un proceso no meramente empático o sensible (no cognitivo), sino que en realidad al ver sufrir a la persona que queremos, se disparan de modo automático y rapidísimo una cantidad ingente de pensamientos (patrones mentales), que van alterando nuestro estado de ánimo hasta sumirnos en un sufrimiento que valoramos igual o muy similar al de la otra persona.

Creemos que este es un error, generado por un patrón de pensamiento automático y a menudo no consciente que tiene una gran parte de aprendido. (No nos vamos a meter ahora en explicar esto en detalle).

Cuando por ejemplo vemos a una persona que ha perdido un hijo, pensar que podemos sentir lo que ella siente, es irreal.

Además, si una persona a nuestro lado sufre, y nosotros al verla sufrimos tanto como ella, podemos caer en un estado de ánimo que no nos permita, ni ser un mero apoyo para ella con nuestra presencia y mucho menos poder ocuparnos para hacer lo que esté en nuestra mano para ayudarla.

Creemos que cuando una persona sufre, podemos sentir algo de ese dolor, (no todo, ni SU dolor, eso nos bloquearía), pero sobre todo, si estamos abiertos a la experiencia, lo que haremos será comprender su dolor, y comprendiéndolo que no sintiéndolo, podemos hablar de empatía y sensibilidad. El comprender su dolor, genera en nosotros lo mismo que cuando vemos a un niño pequeño caerse y hacerse una herida sin gravedad, vamos a ayudar al niño, pero lo que sentimos es una profunda y sincera ternura por él.

Ante alguien conocido o no que sufre, si nos abrimos a  esa experiencia, y comprendemos ese dolor, (si lo abrazamos, si lo tocamos en lugar de querer hacerlo nuestro), se despierta en nosotros una ternura que nos convierte en un buen apoyo para la persona que sufre.

 

Contemplación y sensibilidad: Meditación en la vida

Se nos antoja que la meditación implica contemplación como capacidad de atender directamente la realidad, y sensibilidad para poder generar una relación directa con la misma desde esa atención.

Otra de las definiciones que más me gusta de la meditación, es que se trata de estar presentes en nuestras vidas.

Para estar presentes en nuestras vidas, necesitamos esa cualidad contemplativa, que nos permita vivirla. Estar atentos a nuestra vida.

Sin embargo para vivirla, no sólo tiene que estar nuestra atención en cada situación que vivamos, sino que también, tenemos que dejar que dichas vivencias, o situaciones, nos toquen, toquen nuestro corazón, calen nuestros huesos, para en lugar de vivir con distancia a la realidad y sin implicación en la misma, podamos generar una relación con la misma.

Esta relación no se basa en lo que pensamos de la realidad o de las situaciones en función de nuestras vivencias, experiencias, creencias, deseos… sino una relación basada en la ternura al captar directamente esa realidad.

Una relación en la que seamos capaces desde esa ternura, de vivir de un modo coherente y honesto, saboreando con intensidad lo que a cada instante nos ocupa, y valga la redundancia ocupándonos (no preocupándonos) de ello desde la flexibilidad que la situación REAL presente nos exija.

Dicho de otro modo, aprendiendo a estar en nuestra vida, desde el corazón.

Lee aquí la segunda de “Errores de la meditación en la vida cotidiana“.

Abel Alamillo.

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